lunes, 25 de febrero de 2008

A Little Priest, de Sweeney Tood


Me gustó muchísimo la película y ahora he descubierto a Angela Landsbury en el papel de Mrs Lovett. Simplemente genial.

Imagen: escena de Sweeney Todd, de Tim Burton
Leer crítica de la película en Fantasymundo

jueves, 21 de febrero de 2008

El día de los enamorados

Siempre podré decir que el día de los enamorados almorcé junto a la catedral de Burgos y que, días después, aún seguía celebrando San Valentín en León, observando las pinturas románicas de la bóveda del Panteón de los Reyes, en la Basílica de San Isidoro. Y no es que sienta especial predilección por ese día, absurdo donde los haya, solo que a veces, me lío la manta a la cabeza y me dejo llevar por excusas de ese tipo, con la simple intención de coger una maleta y salir de viaje. Suerte la mía que aquí el santo se portó como debía, por una vez en toda santa vida comercial.
Cuatro días por la ancha y larga castilla. La sensación de que este era un viaje especial la tuve desde el mismo momento en que me subí al avión. Y lo fue, no por todo lo que hice o quise ver, sino por todo lo contrario: por todo lo que no vi y por todo lo que no decidí hacer...

Ahora que la cultura se ha hecho democrática y todos tenemos derecho a orinar amontonados en su portal, y el nivel Maribel de ésta se calcula en función de los ocho segundos que el visitante permanece ante La batalla de San Romano, del número de autocares aparcados ante la columna Trajana o de la longitud de las colas de turistas que, por decreto, desfilan este año ante los Goya del museo del Prado, la ausencia de ambición turística puede ser, incluso, satisfactoria y práctica. Te sientas en el rincón escogido, lees, piensas, miras. Da igual no verlo todo. En vez de correr de un lado a otro, empujando a la gente cámara en mano, procuras exprimir discretamente el rincón que elegiste o te cayó en suerte, agotándolo hasta la última pincelada o la última piedra. No hay museo, real o metafórico, que pueda visitarse en una hora. Ni siquiera en una vida. Y a menudo las mejores salas, los mejores lugares, están vacíos. Así, además, no te empujan y subes pocos escalones. Te cansas y te cabreas menos (El turista apático, por Arturo Pérez Reverte, en XL Semanal, 10 de Febrero de 2008).

(Un saludo para la señora, y clientes, de la chocolatería que hay junto a la Catedral de Burgos)

Imagen: Catedral de León

miércoles, 20 de febrero de 2008

Las Alas de Victoria


Victoria trabajaba en el Café Creidne, un pequeño local irlandés de aire añejo y difícil de localizar, situado en medio de una encrucijada de callejuelas, lúgubres subterfugios en los que el frío del invierno parecía no querer irse jamás.

La primera vez que la vi estaba sobre el escenario. El cabello, oscuro y ondulado, estaba cuidadosamente sujeto hacia atrás por una pequeña guirnalda de minúsculas estrellas brillantes; tenía el rostro anguloso, la tez blanca, de aspecto aterciopelado y sus ojos, de un extraño color gris plateado, combinaban a la perfección con su boca, dos líneas curvas suculentas en perfecta armonía. Me pareció la mujer más fascinante que había visto en toda mi vida.

Me senté junto a la barra, al fondo de la sala, y pedí una cerveza. El camarero me sirvió una jarra de cristal con el líquido dorado y dejó junto al recipiente una pequeña tarjeta de color violeta en la que se podía leer, grabada con letras doradas, la frase siguiente: Victoria, la maga de Stenness.

No podía dejar de mirarla. Movía las manos con extrema delicadeza y con cada hechizo que pronunciaba su vestido negro se arremolinaba sugerente, como si una ligera brisa la envolviese cada vez. Tenía dos mariposas en sus muñecas, tatuadas en azul, que parecían mover sus alas cuando alzaba y giraba sus manos en el aire. Era terriblemente seductor… Y cuando invocó el último encanto desapareció.

Salí de nuevo a la calle. Llovía. Enfundé mis manos en los bolsillos de la cazadora con la intención de buscar la caja de cigarrillos. Entonces aparecieron: revoloteaban a mí alrededor. Me tocaron la cara. Eran suaves. Enredaron sus alas azules entre mis dedos y me susurraron: “Victoria, Victoria”.

Elena Pérez

(Gracias a Inés por sus consejos y sugerencias)

viernes, 15 de febrero de 2008

Y al fin llegó...

Tened preparados el látigo, cazadora y sombrero porque ya llega Indiana Jones y El Reino de la Calavera de Cristal ¡al fin!

sábado, 9 de febrero de 2008

Premio Minotauro 2008

El escritor uruguayo Federico Fernández Giordano ha sido el ganador del V Premio Minotauro de Ciencia Ficción y Literatura Fantástica, dotado con 18.000 euros, con la obra "El libro de Nobac", que rinde homenaje a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Edgar Allan Poe. El jurado ha estado formado por Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Laura Falcó Lara, Pere Matesanz, Olga Rubio, Ángela Vallvey, José López Jara -en calidad de secretario sin voto- y Clara Tahoces, ganadora de la edición del año pasado.

Más información:
Público.es


sábado, 2 de febrero de 2008

Las aventuras de Ed&Ed


Machinima, cómic, mundos virtuales, animación, realidad aumentada, filosofía, literatura, y cuentos de hadas. Además de la eterna compañía de nuestros dioses antiguos. De todo eso, una pizca aquí y allá... y de todo ello nacen Las aventuras de Ed&Ed.

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El Muro

Años después te encontré de nuevo. Te pude contemplar a través del agujero del muro, el que nunca terminaron de reparar por suerte, por tener aquella oportunidad.
Tú no me viste, ni sé si querías verme. La verdad es que lo desconozco. Siempre queda la curiosidad, que a veces nos da aliento y otras nos lo quita.

Tu rostro brillaba a la luz del sol de la tarde. Con esos tonos anaranjados que tanto me gustan. Cálidos, tibios, como dedos que te acarician. Parecías tener el aura de los héroes míticos. Los que crecen en los pequeños claros del bosque, en los arroyos, y en las copas de los árboles más viejos que nacen y respiran sobre la tierra.

Te vi.

Primero por el rabillo del ojo, cuando centré mi mirada, desapareciste. Tan solo aparecías cuando te sostenía sobre mi visión periférica.
Como todos los héroes
míticos.

Y entonces supe que te amaría eternamente, que no habría perdón, ni sosiego, ni calma, ni concesiones a súplicas. No habría velas suficientes para peticiones, ni abejas para matarme a picotazos y liberarme. Aquella era la palabra escrita con la forja de la certeza y ribeteada de espinas sobre el muro. Aquel muro, atestado de rosas.