martes 21 de octubre de 2008

En busca de la música, por John Bonata

Un día cualquiera y, de repente, tienes un relato en tus manos como este, unas horas en la vida de alguien que, como muchos, buscamos el sentido a lo que nos rodea, le buscamos un nombre, una sensación...

Después de hablar contigo, salí decidido a buscar el autobús. Era tarde, lo que significa que, teniendo en cuenta lo que tardan los autobuses en llegar al centro, apenas iba a estar una hora en Dublín. Pero decidí que tenía que dejar de pensar y actuar más. Los últimos días están siendo calmados... demasiado calmados, tediosos por momentos. Y muchas veces, si no siempre, uno tiene que buscar las cosas para que estas ocurran. Sembrar para recoger, ya sabes. Más allá de tópicos, lo cierto es que me ha pasado alguna vez que, independientemente de lo que uno decida hacer, en esos días en los que uno parece que se aburre, no hay nada como tomar una determinación y echarse a la calle. Y esa tarde, en cuanto salí, todo echó a andar como un engranaje en el que ya poco importaba por qué había puesto los pies en la calle. Lo primero que me encontré fue un hombre con su perro. El hombre, aprovechando que yo salía, entró en el portal y cerró la puerta. En cuanto bajé las escaleras que franquean el acceso al edificio me percaté de que el perro aún estaba allí -¿será posible que el tío se haya olvidado al perro en la calle?-. Conforme doblé la esquina, unos pasos acelerados me hicieron volver la cabeza: el perro me seguía. Se lo veía limpio y tenía collar, pero me miraba ansioso, como esperando a que lo acariciara y, acostumbrado como estaría desde que nació, a que lo condujera a una casa que, comprendí entonces, había perdido. El tipo del portal, sin duda, se había encontrado en la misma tesitura que yo, y seguido por un perro ajeno, aprovechó el encuentro para pasarme la pelota. Eché a andar pensando que el perro no me seguiría, que su dueño estaría en la calle de al lado; me equivoqué: me siguió por las calles desiertas en las que, amenazando lluvia, no había ni un alma. Definitivamente estaba solo, y aunque no parecía sucio y apostaría a que llevaba apenas un rato perdido, no fui capaz de dejarlo ahí sin más, bajo la lluvia, esperando a un dueño que, quizás, ni siquiera lo estaba buscando. Yo, mientras, continuaba andando, mirando al perro a mi lado, hacia la salida de la urbanización, y pensando en todo ello, consciente ya de que mi plan para esa tarde había cambiado porque desde el principio solo había sido una excusa para salir del piso y que, quizás, me pasara esto otro -está bien, amigo, démonos una vuelta a ver quién te busca... ¿dónde estás?-. La naturaleza curiosa del can, que de buen seguro había tenido algo que ver en su desaparición, le había hecho acercarse a una casa cuya puerta estaba abierta. Podría haberme ido en el momento en el que aquellas personas, frente a la casa, se inclinaron para hacer las delicias del perrillo que, simpático, ya se volcaba sobre la hierba (que aquí precede a toda casa que se precie de tal, aunque a veces se haya convertido en una triste franja verde de apenas un metro) enseñando su barriga y desvelando de paso su condición femenina. La acariciaban dos chicas de las cuales una se reía ante la ocurrencia del animal de invadir su vivienda. Además, un chico, que como ellas rondaría la treintena, se acercaba en ese momento a la puerta tras aparcar el coche justo enfrente. Yo, que aún veía la escena de lejos, suspiré pensando en mi nivel de inglés, y me acerqué afable para preguntarles si "have you ever seen that dog". La negativa fue la esperada, y les expliqué detalladamente (tanto como me permitió mi destreza con el idioma de Shakespeare) cómo me había encontrado a la perra. Todos entendieron pronto varias cosas: que yo no era irlandés, que el perro no era mío y que no estaba dispuesto a dejarlo pasar la noche (la jodida noche de Dublín) en la calle. Pero, además, les hice ver que la solución no pasaba porque durmiera en "mi piso", que no era mío y cuyo inquilino no iba a compadecerse del pobre bicho. Descartada la opción, pronto se ofrecieron a dar una vuelta con el animal a ver quién lo reclamaba. Cuando el chico y yo empezamos a andar, resultó que la perra, cansada o quizás caprichosa, no quería moverse del lugar en el que tan cómodamente había reposado su trasero. Quizás el fallo fue darle agua. No lo sé, pero no hubo manera humana de hacerla andar, con lo que la chica que vivía en esa casa (junto al chico, por cierto) resolvió que acogería a la perra y que el día siguiente, lunes, llamarían a un centro de acogida. La otra chica, mientras, se despedía amistosamente. Así que pensé en hacer lo propio, pero aún estuvimos hablando un rato más sobre cosas banales, hasta que decidí que ya había mostrado suficiente mi preocupación por el animal y que la única solución pasaba por la que había propuesto la chica. Por suerte recordé en ese momento que, siendo como era domingo, necesitaba un nuevo ticket semanal para el bus, si no tendría que pagar la sangrante cantidad de 2 euros por trayecto. Como no sabía dónde comprar uno a aquellas horas, les pedí consejo a estos chicos como preludio de mi despedida. Me dijeron que, para mi sorpresa, el Spar de la urbanización estaba abierto aún, y que vendían esos bonos -qué casualidad, pero qué bien me viene-. Así que, ahora sí, me despedí, les dí las gracias, intercambié unos "sorry´s" por aquello de que les había pasado de alguna manera el marrón, y tiré para el súper. Encontré lo que buscaba y, además, me econtré con un cartel de "se busca perro". Destacaba en la pared llena de anuncios por una foto en la que, habría jurado entonces, aparecía nuestra perrilla. Volví corriendo a la casa para decírselo a los chicos. Me invitaron a pasar, para sacarle una foto a la perra con la cámara que, casualmente también, llevaba encima, y así poder comparar con la del súper. Y luego el chico me acompañó a ver el cartel aduciendo, con razón, que si había que llamar a algún teléfono, mejor lo haría él por aquello de hablar inglés como lengua materna. Pero al colocarnos frente al cartel me tragó la tierra de vergüenza cuando me di cuenta de que en el mismo ponía, y bien clarito, "found dog". El chico se lo tomó bien y, llamándome por mi nombre, que a aquellas horas ya conocía, me dijo que no pasaba nada, que mañana pondría él un cartel igual sobre "nuestra" perra. Ya todo parecía acabar, y como ya no iba a ir hacia Dublín, enfilé junto a mi recién conocido irlandés el camino de vuelta a nuestros respectivos hogares. Pero pasamos entonces frente al pub que hay en la urbanización, y entonces pasó algo genial: las notas de un rock llegaron a mis oídos, la música en directo fluía de entre los resquicios de una puerta y, cuando ésta se abrió para dejar salir a algún cliente saciado, me inhundó. De esta manera se me entregó el misterioso premio de aquélla noche, aquello que había salido a buscar y había encontrado sin proponérmelo. Acompañé al tipo hasta su puerta y, tras darle mi teléfono para que me informara de cualquier novedad sobre la perrilla, nos despedimos amistosamente. Me fui directo al pub y me senté solo frente a los rockeros, que aunque resultaron ser sólo dos, me deleitaron con un buen rato de música en vivo mientras degustaba una guinness que, admito, me supo como nunca.
Al día siguiente, cuando bajé al Spar a comprar pan, frente a la caja lucía un nuevo cartel de "found dog". Sonreí y me fui con mi pan a ver si aprovechaba el día -o dejo que el día me aproveche a mí- como ayer.

Por John Bonata, publicado en liBeratura

Una foto analgésica, por Arturo Pérez Reverte

Hay fotos que queman la sangre y fotos analgésicas. Ésta es de las últimas. Cuando el telediario, el titular de periódico, la mirada que diriges alrededor o el espejo mismo te recuerdan con demasiada precisión en qué infame sitio vives, de qué peña formas parte y qué pocas esperanzas hay de que este patio de Monipodio llegue a ser algún día un lugar solidario, culto, limpio y libre, esa foto y algunas otras cosas por el estilo, que uno guarda en esa imaginaria lata de galletas parecida a la que usaba de niño para guardar tesoros –canicas, cromos, un tirachinas, una navaja de hoja rota, un soldadito de metal–, ayudan a soportar las ganas de echar la pota. Permiten mirar en torno buscando, más allá del primer y desolador vistazo, al fulano bajito y sonriente que, ajeno al protocolo solemne, mira a la gente, orgulloso, feliz de protagonizar tan espléndida revancha, cinco años después de haber pasado los Pirineos con el puño en alto, y en ellos quizá, apretado, un puñado de tierra española.

Por eso me gusta tanto esa foto. Como digo, todos necesitamos analgésicos para ir tirando. Cada uno para lo suyo. Algunos, para hilar fino sin que el malestar, la náusea, te hagan meter a todo cristo en el mismo cazo. Es cierto que, en los últimos tiempos, en España ha tomado el relevo una nueva casta política irresponsable, infame sin distinción de ideologías, pegada a la ubre de los aparatos de sus partidos. Gente sin contacto con la vida real, que ni ha trabajado nunca de verdad ni tiene intención de hacerlo en su puta vida. Parásitos de la vida pública, profesionales del camelo y el cuento chino. Los que, amos de un tinglado nacional rehecho a su medida, ya nunca irán al paro. Y es cierto, también, que esa gentuza medra con la complicidad de una sociedad indiferente, acrítica, apoltronada y voluntariamente analfabeta, que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando le afecta a cada cual. Cuando truena. Esto es así, y el impulso, la tentación de mandarlo todo al diablo, ametrallando a mansalva, resulta lógico. Casi inevitable.

Texto completo en Patente de Corso, XLSemanal, 14 de Septiembre de 2008

domingo 19 de octubre de 2008

V Concurso universitario de Relato Breve


Toda la información, aquí.

miércoles 8 de octubre de 2008

Dos días en Tierra Media

Sin parar en Junquera, se fueron entre risas, pese a que la posada a dulce malta olía. Por la Senda de Maggot traqueteando se fueron. Tom bailaba y saltaba en el carro, contento. Sobre El Habar, estrellas; luz en casa de Maggot; los sorprendió la noche, pero hay fuego esperando. Los hijos y las hijas saludaban corteses; para la sed, la esposa les traía picheles. Hubo alegres canciones, cuentos, bailes y cena. El buen Maggot brincaba con su cintura gruesa, Tom bebía en cabriolas, y bailaban las hijas Repique de campanas; y la esposa reía.

En paja, helecho y pluma los demás se acostaron. Juntaronlas cabezas Tom y Pies Embarrados, cambiando junto al fuego nuevas de las Quebradas, y de allí hasta las Torres; de marcha y cabalgata, de cebada y collalbas, de la siembra y la siega; chismes de Bree, la forja, el molino y la feria; susurros de los árboles, el viento en los alerces, en el Vado altos Guardas, y las Sombras allende. Al fin se durmió Maggot sentado junto al fuego. Tom partió antes del alba: como entrevistos sueños, alegres, tristes y otros de advertencia secreta.

La puerta nadie oyó, la lluvia mañanera se llevó sus pisadas,no dejó en Mithe rastro; nadie en Fin de la Cerca oyó cantos ni pasos.

Fragmento del poema Las Aventuras de Tom Bombadil, de J.R.R.Tolkien
Fotos: VI Aderthad-e-Norrochrim (Septiembre 2008)