sábado, 2 de febrero de 2008

El Muro

Años después te encontré de nuevo. Te pude contemplar a través del agujero del muro, el que nunca terminaron de reparar por suerte, por tener aquella oportunidad.
Tú no me viste, ni sé si querías verme. La verdad es que lo desconozco. Siempre queda la curiosidad, que a veces nos da aliento y otras nos lo quita.

Tu rostro brillaba a la luz del sol de la tarde. Con esos tonos anaranjados que tanto me gustan. Cálidos, tibios, como dedos que te acarician. Parecías tener el aura de los héroes míticos. Los que crecen en los pequeños claros del bosque, en los arroyos, y en las copas de los árboles más viejos que nacen y respiran sobre la tierra.

Te vi.

Primero por el rabillo del ojo, cuando centré mi mirada, desapareciste. Tan solo aparecías cuando te sostenía sobre mi visión periférica.
Como todos los héroes
míticos.

Y entonces supe que te amaría eternamente, que no habría perdón, ni sosiego, ni calma, ni concesiones a súplicas. No habría velas suficientes para peticiones, ni abejas para matarme a picotazos y liberarme. Aquella era la palabra escrita con la forja de la certeza y ribeteada de espinas sobre el muro. Aquel muro, atestado de rosas.

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