lunes, 10 de octubre de 2011

viernes, 3 de diciembre de 2010

Ejercicio

Ejercicio realizado para un curso realizado en la Escuela Canaria de Creación Literaria.

Llovía. No había dejado de hacerlo durante casi tres días. Helen suspiró y apoyó su cara sobre la mano izquierda, con la mirada fija en el agua que se deslizaba por el cristal de la ventana. Le resultaba inquietante que el cielo permaneciera en penumbra tantos días, como si algún terrible hechizo se hubiese apoderado de toda la ciudad, convirtiéndola en una ciénaga gris y sin vida. Apenas había conseguido escribir tres líneas de su nueva novela, una historia de personas felices que dejaron de serlo, de héroes y heroínas, de batallas ganadas y guerras siempre perdidas, de lugares en los estuvo y a los que jamás regresaría…

Como si toda la historia de las civilizaciones reposara sobre sus hombros, Helen se levantó y se dirigió a la cocina. Allí también seguía lloviendo. Sobre la mesa, junto al frasco de mermelada de melocotón, vio el marcador de libros en forma de mariposa; tenía las alas de colores, hechas con pequeños fragmentos de cristal que imitaban las vidrieras de las catedrales góticas. Recordó la tienda donde lo habían comprado unos meses antes, un pequeño puesto de recuerdos junto al Sena. Apenas lo retuvo unos segundos en sus manos. Luego, lo tiró al cubo de la basura y se preparó un té.

La pérdida del imperio…. Helen repasó sus notas, pero la lluvia no la dejaba pensar con claridad. Creo que los dos deberíamos ser libres. Conforme habían pasado los meses, esa frase se había convertido en una voz cada vez más lejana, pero aquella tarde no pudo evitar pensar de nuevo en ella, en los paseos junto al río, en la luz de los primeros días de la primavera sobre los nenúfares de Monet, y que él fotografió durante toda una mañana, y en las caricias que se hicieron mientras tomaban café bajo la pirámide de cristal. Sabía que aún no era libre. Él lo fue la mañana de septiembre que amaneció lloviendo, cuando dejó sobre la mesa del salón un sobre con las fotografías de aquellos días del mes de marzo.


Elena Pérez
Septiembre, 2010

lunes, 29 de noviembre de 2010

Heredero de la Alquimia, de David Mateo


Egipto y Mesopotamia; Neferet, la sunu, y Akbeth, el discípulo. Estas podrían ser las palabras clave de la novela de David Mateo, Heredero de la Alquimia, una historia épica y fantástica ambientada en un mundo antiguo, bíblico, apocalíptico y lleno de criaturas extraordinarias y mágicas.

Hace ahora casi cuatro años que emprendí un particular viaje al pasado gracias a David, pues me permitió conocer a estos personajes y me dejó visitar los paisajes, ciudades, pirámides que iba creando y dando vida en el papel, una antigüedad a la que yo no estaba acostumbrada…

En aquél momento y una vez finalizada la novela, tuve que despedirme de todos ellos y, como ya sabemos, las despedidas siempre dejan una sensación extraña y crean diversos sentimientos, como la nostalgia...

Cuando hace algunas semanas llegó a mis manos Heredero de Alquimia, envuelto en una bellísima portada realizada por Elena Dudina, esos sentimientos volvieron a emerger. Me interné de nuevo en la sabiduría y erotismo de Neferet, y en las inquietudes y apasionamientos de Akbeth, en la ciencia, arqueología y mitología de la historia creada por David y que tanto había echado de menos. Hoy estoy feliz porque al fin el libro está donde tiene que estar, al alcance de todas las personas, potenciales lectores que tienen una magnífica oportunidad para acercarse a conocer un género de gran calidad en España; un conjunto de más de seiscientas páginas muy bien documentadas, con un amplio abanico de personajes, todos interesantes (personalmente adoro a la ninfa Juno), y con una historia inquietante, a veces perturbadora, pero siempre entretenida.

Felicidades, David.

lunes, 9 de agosto de 2010

Carta a un joven escritor (I), por Arturo Pérez Reverte

Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pensaba en ti mientras tecleaba el artículo de la semana pasada. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Artículo completo en XLSemana. Patente de Corso

lunes, 12 de julio de 2010

Un ejercicio

Un ejercicio que he tenido que realizar para el curso de escritura:

Lo hicieron con una copa de vino envenenado. El emperador romano Claudio, Lucrecia Borja, Hamlet, todos fueron víctimas, o asesinos, de este elixir emponzoñado para así acabar con la vida de su contrincantes, incluso a Rasputín intentaron matarlo con una copa de vino envenenado…


El texto de presentación en el folleto lo dejaba bien claro. La conferencia trataría sobre los más famosos asesinatos de la Historia, y de aquél profesor de nariz aguileña, aspecto desaliñado y encorvado que se encontraba sobre la tarima, se decía que era el mejor investigador de Oxford en criminología.Después de dos horas visionando cadáveres y rostros de asesinos, la charla terminó y todos los alumnos del master fuimos invitados a un cóctel en una pequeña salita de estilo victoriano, anexa al auditorio. Tomamos vino, un líquido rojo, denso, áspero y demasiado caliente para mi inexperto paladar. Nos despedimos varias copas después y yo me dirigí a la estación de metro más cercana. Aumenté el ritmo de mis pasos, descendí por unas escaleras y, ya bajo la ciudad, busqué una máquina expendedora de agua fría, pues aún conservaba el sabor y calor del vino en mi boca; tanteé mis bolsillos, saqué unas monedas y compré una botella. Mientras bebía, sentía que cada trago era caliente y espeso.

Pensé en todas aquellas imágenes que había visto durante la conferencia, y también en el profesor… Minutos más tarde, sentado en el vagón, mi propia saliva me quemaba al intentar atravesar la garganta y cuando llegué al apartamento, todavía permanecía esa sensación infernal en la boca. Creo que apenas pude dormir unos minutos pues en cuanto me acosté, desperté empapado en mi propio sudor y con Gertrude bebiendo de la copa de vino envenenada destinada a su hijo Hamlet, sentada a los pies de mi cama… Sin lugar a dudas deliraba.Pasé toda la noche intentando calmar con hielo los sinuosos ríos de lava que descendían por mi esófago y se arremolinaban en mi estómago, pero apenas lo introducía en mi boca se fundía como el metal en la forja de Lucifer…

A la mañana siguiente, ya en el aula, mis compañeros se preocuparon al ver los profundos surcos violáceos bajo mis los ojos, y los labios secos y agrietados. Entonces, el profesor de la asignatura de criminología entró en la habitación y comenzó a dictar las preguntas del examen.

miércoles, 5 de mayo de 2010

El bosque de ámbar rojo

Hacía tiempo que no subía nada, espero que os guste. Lo escribí para un concurso de la radio, el verano pasado, en el tema tenían que aparecer mosquitos :)

La habitación se iluminaba con cada relámpago. La cama, lejos de ser cómoda, cojeaba por una de sus patas; las sábanas rezumaban humedad y el olor a moho invadía toda la habitación. La madera del cabezal crujió hasta que me acomodé. Llevé una de mis manos al cuello, buscando el colgante de ámbar rojo que Artemio me había regalado. Cerré los ojos. Estaba agotada y febril por las picaduras de los mosquitos que nos habían acompañado durante toda la excavación arqueológica.

Artemio me ayudaba a sacar la tierra, canastas cargadas de historia aún no escrita que se escondía debajo de las ruinas del templo, junto al río Suchiate. El día que me regaló el colgante, cuando aún no había amanecido y todavía me encontraba somnolienta, le había imaginado nadando en un lago de aguas de color del musgo. El pelo se le había pegado a la cara y apenas podía distinguir sus profundos ojos negros. Fuera del lago, caminó entre los restos de un antiguo poblado abandonado, sobre fragmentos de cerámicas y huesos de animales quemados, esquivando piedras esculpidas que formaban rostros humanos, grotescos y fantásticos. Avanzó hasta el interior de un tupido follaje hasta que lo vio. Las hojas de los árboles se deshacían en haces de luz brillante atravesadas por los rayos del sol; sobre la corteza pendían cientos de formas rojas y transparentes, lágrimas fosilizadas que adornaban los troncos de los árboles y resbalaban sobre la tierra, fundiéndose con plantas e insectos a su paso: bellos, inertes y fascinantes instantes de tiempo de color púrpura atrapados para la eternidad.

Artemio se fue con un puñado de pesos en sus bolsillos. Al son del traqueteo del viejo camión en el que cada día había venido a la excavación, en medio de una nube de mosquitos, agitaba las manos para espantarlos y evitar que le picasen. Yo quería haberle contado mi sueño, pero él sólo hablaba en una antigua lengua maya. Me sonrió mientras se alejaba. Nunca pude contarle su hallazgo, nunca pudo llevarme al bosque de ámbar rojo de mi sueño.

martes, 4 de mayo de 2010

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