viernes, 24 de abril de 2009

Regreso a Sevillargir


Durante una semanita estaré de viaje por Sevillargir, prometo retener en mi retina los rincones más fantásticos de lugar, y las aventuras más extraordinarias que os contaré, pinta en mano, en la posada, junto a todos vosotros...

En ese momento, la habitación se iluminó por un nuevo relámpago. En el cristal de la única ventana que había en la habitación, pude ver mi rostro reflejado. Apenas me reconocía. Desde mi última visita a Sevillargir mis rasgos ya no eran los de una joven ilusionada por encontrar a aquellos a los que mi sangre pertenecía, los descendientes del Reino de Arnor. Estaba cansada y desanimada, y si no hubiese sido por mi encuentro con aquél tabernero de Bree, probablemente habría regresado a mi hogar, en Belfalas.
Quería dormir y caminar por los senderos de Irmo, pero cada vez que mis párpados se encontraban cara a cara con mis pupilas, su rostro aparecía. La conversación con Daeron había hecho regresar del pasado mi dolor, dispuesto siempre a agrietar mis heridas.
Habría jurado que no habían pasado ni 5 minutos cuando…
-¡Falas, despierta! Los carromatos con los víveres para la posada han llegado. Baja a desayunar. He visto hobbits bajar al salón. No conviene que nos retrasemos-
Y mientras hablaba se reía. Y su voz sonaba a música. El color de sus palabras, fuera de lo común entre los hombres eorlingas, era dulce y acompasado, si es que así podía describirse un color.
Daeron era un hombre Eorlinga. Era imposible no darse cuenta de ello: alto, rubio y de tez blanca. Sus padres, enamorados de las canciones y poemas que Daeron, el elfo bardo y amante de Luthien, compuso tiempo atrás, le habían puesto el mismo nombre. Así se ganaba la vida, de aldea en aldea, recitando y cantando las letras que formaban poemas llenos de historias de amor y melancolía, de batallas y muertes.
Me acerqué a la ventana mientras hacía una trenza con mis cabellos. Fuera, la gente se movía con rapidez. Los niños jugaban con los charcos de agua que la tormenta había formado apenas unas horas antes; los toldos de los vendedores ambulantes se extendían formando un río de colores sobre la calzada, y los carros y el bullicio de la gente habían devuelto la vida a Sevillargir. Apoyé mi frente sobre el cristal de la ventana, cerré los ojos, y dejé, por unos instantes, que los rayos de sol, aún débiles entre los nubarrones rezagados de la tormenta, sonrosaran mis mejillas. Me sentía bien, y aquella era una sensación extraña.

Texto completo en El Poney Pisador.

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