miércoles, 30 de julio de 2008

Hasta septiembre con Victor Hugo

Os dejo con un pequeño fragmento de la obra Los Miserables y con una imagen que tuve el privilegio de tomar hace unos días en San Sebastián, de San Juan, lugar donde el escritor pasó una temporada en 1841, un sitio del cual quedó fascinado, de sus gentes y de la belleza de su paisaje, al igual que yo... ¡Nos vemos en septiembre!

Mientras lloraba se encendía poco a poco una luz en su cerebro, una luz extraordinaria, una luz maravillosa y terrible a la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su embruteci­miento exterior, su endurecimiento interior, su li­bertad halagada con tantos planes de venganza, las escenas en casa del obispo, la última acción que había cometido, aquel robo de cuarenta suel­dos a un niño, crimen tanto más culpable, tanto más monstruoso cuanto que lo ejecutó después del perdón del obispo; todo esto se le presentó claramente; pero con una claridad que no había conocido hasta entonces.

Examinó su vida y le pareció horrorosa; exa­minó su alma y le pareció horrible. Y sin embar­go, sobre su vida y sobre su alma se extendía una suave claridad.


Fragmento de Los Miserables (1862), de Victor Hugo.
Imagen: Passai Donibane-San Juan, San Sebastian


La hija del rey de Paris

Según se contaba en otros tiempos durante las veladas en el Bocage normando, el rey de París tenía una hija de gran belleza: cintura esbelta, senos opulentos, formas admirables, pies pequeños y manos encantadoras. Desafortunadamente, y como todos los humanos, tenía también se parte de imperfección, y es que no reía jamás. Esta singularidad, bastante rara en su sexo, causaba no pocos problemas. En numerosas ocasiones el rey había intentado casarla, pero siempre en vano. Los pretendientes temían su seriedad, todos la consideraban anómala en una chica y se retiraban prudentemente en el momento preciso de dar algún paso hacia delante. El rey estaba consternado por ello.

También había intentado hacerla sonreír reuniendo a su mesa a los más famosos humoristas de la comarca. Pero nada había conseguido su objetivo.Luego decidió intentar el supremo esfuezo en ese sentido y prometió que entregaría la mano de su hija al primero que lograra hacerla reír. El número de pretendientes de todo tipo fue incalculable. Casarse con la hija de un rey, ¡imaginen! Ya suponen la serie de muecas y contorsiones que le inspiró a cada cual la esperanza de triunfo. Pero todos perdieron su tiempo pues la hermosa no se dejó impresionar. Semejante frialdad desaminó al rey que cayó enfermo.

Afortunadamente para él y para bien del Estado, apareció un jorobado, el más gracioso del reino, conocido por su habilidad. Triunfó desde el primer momento, pues la joven rompió a reír a carcajadas. El rey estaba radiante y recuperó la salud al tiempo que la confianza.

El jorobado fue festejado en todos los tonos. Cada vez que la joven lo veía en acción, reía a mandíbula batiente. Al final, sólo el recuerdo de sus bromas bastaba para alegrarla. Por muy satisfecho que estuviera el rey, le repugnaba la idea de entregar su hija al jorobado. Temblaba —según decían— al pensar en la descendencia. Si los descendientes que nacieran de aquella unión se parecían al padre, ¿qué iban a hacer con un rey jorobado?

Convocó a los antiguos pretendientes, pero su hija volvió a ponerse taciturna tan pronto como éstos ponían los pies en palacio. El jorobado, por su parte, reclamaba sus derechos y solicitaba con insistencia que se cumpliera la promesa real. La situación era tanto más compleja cuanto que el rey tenía un favorito y la princesa por su parte tenía otro que no era el jorobado. ¿Cómo salir del aprieto?... Y ¿qué pensaba hacer este último para triunfar?...
Dicen los del Bocage, que todos los jorobados llevan en su giba un tesoro de recursos.

(Ver texto completo aquí)

MADELAINE, A.- La hija del rey de París
(Au bon vieux temps. Récits, contes et légendes de l’ancien Bocage normand, 1907)

Traducción de Esperanza COBOS CASTRO

domingo, 27 de julio de 2008

Historias Asombrosas, nº 2

Un segundo número dedicado al terror que, a lo largo de sus cien páginas, conseguirá perturbar vuestros sueños con autores de auténtico lujo como Pilar Pedraza, Domingo Santos, Laura Gallego, Elia Barceló o el mismísimo Ramsey Campbell.
De nuevo es David M. Rus quien se encarga de ilustrar la portada. En esta ocasión, crea un personaje de mirada perversa que cumple a la perfección su cometido: provocar un primer escalofrío.
David Mateo, coordinador de la publicación, asume la tarea de realizar el prólogo: una acertada reflexión sobre el panorama actual de la ciencia ficción en el mercado editorial español.

Reseña de Joaquín Torres.
Ver texto completo en sedice.com


lunes, 7 de julio de 2008

De cómo encontré al maestro de Bree

(Para Akerbeltz)

- Estoy buscando al Maestro de Bree -le dije a aquel personaje de pelo ensortijado y baja estatura.

- Ha salido -me dijo sin apenas mirarme a los ojos. Hablaba y se movía rápidamente detrás de la barra.

-Tiene una visita muy especial -continuó- alguien de fuera, de muy lejos. Alguien muy importante. Ha debido ir a su encuentro. Puedes esperarlo tomando una pinta ¿Te sirvo una pinta?.

-No gracias-le respondí. ¿Sabes si tardará en regresar?

-Pronto. Llegará pronto. Siéntate y toma una pinta. No encontrarás mejor cerveza en todo el mundo.

- De acuerdo -suspiré resignada. Tomaré esa pinta.

Me senté sobre un barril de cerveza vacío. Era demasiado pequeño y mis ojos quedaron casi a la altura de la barra. Ahora lo entendía todo. Tobías, que así se llamaba el posadero, me sirvió la pinta en una jarra de madera labrada y, al hacerlo, me miró a los ojos por primera vez y rió, emitiendo unos soniditos estridentes y entrecortados. No sabría decir si salían de su boca o de su estómago, o de ambos a la vez.

-No lleva mucho tiempo trabajando en la taberna- me dijo un enano de complexión fuerte y de largos cabellos rojos, recogidos en una trenza-. Esa risita nos exaspera a todos.

Estaba sentado al final de la barra. Tenía la nariz hundida en su jarra de cerveza, mirándome por encima del borde con sus ojos marrones. Hice un gesto con la cabeza y sonreí, apenas una mueca con mis labios. Acababa de llegar a Bree y no conocía a nadie. No quería meterme en líos tan pronto y allí, en la posada de El Poney Pisador, litros de pintas corrían por las venas de humanos y enanos que transitaban en aquella hospedería. Yo misma había llegado para ver al maestro, y me iría en cuanto cumpliese mi misión.

Tobías frunció el ceño cuando un elfo se acercó a la barra.

-Traigo un paquete para el Maestro - dijo el joven alto, rubio y de pelo largo.

-¿Más libros? ¿Otra vez libros? -le dijo Tobías.

-Supongo-le respondió el muchacho de orejas puntiagudas, encogiéndose de hombros.

-Déjalos donde siempre. Ahí. No, ahí no. Allí. No, súbelos a su habitación. Sí, será lo mejor. Voy a buscar tu dinero.

Y al decirlo, dio media vuelta, haciendo bailar sus bucles castaños. Y se metió en la cocina, mascullando y hablando solo.

No pude evitarlo. Seguí al elfo hasta la habitación del maestro. Lo vi cruzar una puerta que estaba al final del pasillo. Esperé a que saliera, apostada detrás de unas cajas amontonadas y polvorientas que había debajo de una ventana. Apenas unos segundos más tarde oí cómo los pasos del joven bajaban las escaleras que llevaban hasta el salón. Entonces, salí de mi escondite.

La habitación del Maestro desprendía un olor a tabaco dulce. El suelo estaba cubierto de alfombras de colores cálidos y los muebles, finamente trabajados por manos expertas, estaban llenos de objetos curiosos, sobre tapetes de colores luminosos.

En una mesita, junto a una ventana redondeada, había una bandeja de cristal de color rojo y sobre ella, una tetera y dos tazas, dos cucharillas y un recipiente lleno de terrones de azúcar y una jarrita que supuse era, para preparar esponjosas nubes de leche con las que acompañar al té, también de color rojo, y cuyas hojas sobresalían de una cajita plateada.

Había libros por todas partes. Las paredes eran verdaderas columnas de libros. Me acerqué y acaricié, suavemente, los lomos de piel de aquellos libros, dibujando con mis dedos las letras doradas que resplandecían en ellos. Mientras, leía en voz baja:

-Sir Gawain y el Caballero Verde, El Hobbit, El Silmarilion, Las Aventuras de Tom Bombadil, Mitología Celta, Mitología Nórdica…

Había autores que desconocía por completo pero había libros que sí reconocía. Allí estaban los grandes relatos marineros de Stuka, el dúnadan de la familia Tarambar; las crónicas de Mandos, de un Maia que habitaba en un bosque del norte, y los relatos del Mar de Rhun, de un medio elfo, según decían, que vivía próximo a la Bahía de Belfalas. Estos textos habían cruzado fronteras.

Sin darme cuenta había recorrido casi al completo la habitación y entonces percibí que toda la estancia era redonda, al menos eso me parecía. Me acerqué a la mesa del Maestro. Había libros, viejos mapas enrollados, un frasco de tinta, papel secante, papiros, pergaminos, toda clase de papel. Entre todo eso resplandecía la tapa, de cuero brillante, de un pequeño cuaderno y sobre ella, letras bordadas con hilos del color del trigo recién segado, que decían: El Hombre de la Luna.

En ese instante escuché un rumor de voces, cada vez más nítidas.

-¡En qué líos me meto! -pensé mientras me escondía detrás de la puerta.

-¡Por Eru! ¡Redonda, la puerta es redonda!-exclamé.

Me oculté detrás de unas capas y abrigos que colgaban de un perchero en forma de cabeza de dragón.

-Le he dicho que los dejara en sus aposentos señor Akerbeltz- alcancé a oír al otro lado de la puerta, en el pasillo-. Yo mismo se los habría subido, pero ese jovenzuelo no quiso dármelos.

No había la menor duda, esos quiebros en la voz eran del posadero.

Otra voz, más serena y grave, dijo:

-No se preocupe. Ha hecho bien. Gracias por su amabilidad.

La puerta se abrió y yo contuve la respiración. Las dos figuras avanzaron hacia el centro de la habitación. Una, pequeña y nerviosa, era, evidentemente Tobías. La otra figura, más alta, se mantenía embozada en un manto gris. Sujetaba con su mano izquierda una pipa que apoyaba delicadamente en su labio inferior, y de la que salían fantásticas y voluptuosas formas de humo. Parecía un montaraz pero… ¡Cuernos! Lo que veían mis ojos eran dos cuernos perfectamente entornados que sobresalían por encima de la cabeza de aquel extraño ser. Ahogué como pude en mi garganta un pequeño grito de sorpresa. Pero era demasiado tarde. Los dos se volvieron, casi a la par.

-Pero, pero, pero ¿Qué haces aquí? ¡Insensata! ¡Osada!- gritaba Tobías, poniéndose morado de furia-. Lo siento mucho mi señor, lo siento mucho, lo siento mucho- repetía una y otra vez mirando a Akerbeltz.

-No te preocupes -dijo, guardando la pipa en el bolsillo de su pantalón- al fin ha llegado.

-¿Ha llegado? ¿Quién ha llegado?-. Yo no veo a nadie mi señor, a nadie.

Tobías daba vueltas por la habitación, con pasos rápidos y cortos.

-Es mi visita especial -le respondió Akerbeltz.

El maestro me ofreció su mano y me llevó junto a la mesa, ante los ojos atónitos de Tobías. Me sirvió una taza de té y abrió un libro y me contó la historia, la historia de los montaraces y luego me dio una bolsita de cuero llena de hierbas del Bosque de Chet.

-Vuelve a tus tierras, dama dúnadan -me dijo con su tono cálido y profundo-.Vuelve y recupera tu historia.

Elena Pérez

miércoles, 2 de julio de 2008