miércoles, 5 de mayo de 2010

El bosque de ámbar rojo

Hacía tiempo que no subía nada, espero que os guste. Lo escribí para un concurso de la radio, el verano pasado, en el tema tenían que aparecer mosquitos :)

La habitación se iluminaba con cada relámpago. La cama, lejos de ser cómoda, cojeaba por una de sus patas; las sábanas rezumaban humedad y el olor a moho invadía toda la habitación. La madera del cabezal crujió hasta que me acomodé. Llevé una de mis manos al cuello, buscando el colgante de ámbar rojo que Artemio me había regalado. Cerré los ojos. Estaba agotada y febril por las picaduras de los mosquitos que nos habían acompañado durante toda la excavación arqueológica.

Artemio me ayudaba a sacar la tierra, canastas cargadas de historia aún no escrita que se escondía debajo de las ruinas del templo, junto al río Suchiate. El día que me regaló el colgante, cuando aún no había amanecido y todavía me encontraba somnolienta, le había imaginado nadando en un lago de aguas de color del musgo. El pelo se le había pegado a la cara y apenas podía distinguir sus profundos ojos negros. Fuera del lago, caminó entre los restos de un antiguo poblado abandonado, sobre fragmentos de cerámicas y huesos de animales quemados, esquivando piedras esculpidas que formaban rostros humanos, grotescos y fantásticos. Avanzó hasta el interior de un tupido follaje hasta que lo vio. Las hojas de los árboles se deshacían en haces de luz brillante atravesadas por los rayos del sol; sobre la corteza pendían cientos de formas rojas y transparentes, lágrimas fosilizadas que adornaban los troncos de los árboles y resbalaban sobre la tierra, fundiéndose con plantas e insectos a su paso: bellos, inertes y fascinantes instantes de tiempo de color púrpura atrapados para la eternidad.

Artemio se fue con un puñado de pesos en sus bolsillos. Al son del traqueteo del viejo camión en el que cada día había venido a la excavación, en medio de una nube de mosquitos, agitaba las manos para espantarlos y evitar que le picasen. Yo quería haberle contado mi sueño, pero él sólo hablaba en una antigua lengua maya. Me sonrió mientras se alejaba. Nunca pude contarle su hallazgo, nunca pudo llevarme al bosque de ámbar rojo de mi sueño.

2 comentarios:

Jesús Bravo dijo...

Uyyy, que ahora me va a dar por ilustrarlo. Me gusta muchísimo Elena

Anonima Mente dijo...

Me parece un relato precioso, lleno de sugerentes imagenes que van y vienen como en un sueño lleno de enigmas.
Un saludo!

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